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9 de diciembre de 2010

Sobre el valor de las palabras

Para un trabajo que estoy realizando, me reencuentro con un texto extraordinario del escritor británico, nacido en India, George Orwell.

La política y el idioma inglés (Politics and the English Language) aborda los problemas derivados de las perversiones del lenguaje y sus efectos (normalmente negativos). Si bien el texto data de 1946, el ensayo es totalmente aplicable a nuestro contexto.

Aquí varios párrafos:

... Ahora bien, es claro que la decadencia de un lenguaje ha de tener, en última instancia, causas políticas y económicas: no se debe simplemente a la mala influencia de este o aquel escritor. Pero un efecto se puede convertir en causa, reforzar la causa original y producir el mismo efecto de manera más intensa, y así sucesivamente. Un hombre puede beber porque piensa que es un fracasado, y luego fracasar por completo debido a que bebe. Algo semejante está sucediendo con el idioma inglés. Se ha vuelto tosco e impreciso porque nuestros pensamientos son disparatados, pero la dejadez de nuestro lenguaje hace más fácil que pensemos disparates. El meollo está en que el proceso es reversible. El inglés moderno, en especial el inglés escrito, está plagado de malos hábitos que se difunden por imitación, y que podemos evitar si estamos dispuestos a tomarnos la molestia...

... Cada uno de estos pasajes tiene faltas propias, pero, además de la fealdad evitable, tienen dos cualidades comunes. La primera, las imágenes trilladas; la segunda, la falta de precisión. El escritor tiene un significado y no puede expresarlo, o dice inadvertidamente otra cosa, o le es casi indiferente que sus palabras tengan o no significado. Esta mezcla de vaguedad y clara incompetencia es la característica más notoria de la prosa inglesa moderna, y en particular de toda clase de escritos políticos. Tan pronto se tocan ciertos temas, lo concreto se disuelve en lo abstracto y nadie parece capaz de emplear giros del idioma que no sean trillados: la prosa emplea menos y menos palabras elegidas a causa de su significado, y más y más expresiones unidas como las secciones de un gallinero prefabricado...

... Pero a menudo usted puede tener dudas sobre el efecto de una palabra o una expresión, y necesita reglas en las que pueda confiar cuando falla el instinto. Pienso que las reglas siguientes cubren la mayoría de los casos:

  • Nunca use una metáfora, un símil u otra figura gramatical que suela ver impresa.
  • Nunca use una palabra larga donde pueda usar una corta.
  • Si es posible suprimir una palabra, suprímala.
  • Nunca use la voz pasiva cuando pueda usar la voz activa.
  • Nunca use una locución extranjera, una palabra científica o un término de jerga si puede encontrar un equivalente del inglés cotidiano.
  • Rompa cualquiera de estas reglas antes de decir un barbarismo.


Aquí una versión del artículo en español (publicado por Letras Libres en junio 2004).

Aquí una versión del artículo en inglés.

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19 de mayo de 2009

La indecisión

Estoy indeciso. No se cual de los dos textos es el más interesante que he leído el día de hoy.

El primero son los párrafos iniciales de la columna de David Brooks en el New York Times que se titula In Praise of Dullness (ver aquí texto completo). En el editorial, Brooks analiza las cualidades que tienden a tener los CEOs más exitosos.

Should C.E.O.’s read novels? The question seems to answer itself. After all, C.E.O.’s work with people all day. Novel-reading should give them greater psychological insight, a feel for human relationships, a greater sensitivity toward their own emotional chords.

Sadly, though, most of the recent research suggests that these are not the most important talents for a person who is trying to run a company. Steven Kaplan, Mark Klebanov and Morten Sorensen recently completed a study called “Which C.E.O. Characteristics and Abilities Matter?”

They relied on detailed personality assessments of 316 C.E.O.’s and measured their companies’ performances. They found that strong people skills correlate loosely or not at all with being a good C.E.O. Traits like being a good listener, a good team builder, an enthusiastic colleague, a great communicator do not seem to be very important when it comes to leading successful companies.

What mattered, it turned out, were execution and organizational skills. The traits that correlated most powerfully with success were attention to detail, persistence, efficiency, analytic thoroughness and the ability to work long hours.



El segundo texto es un párrafo del libro The Ghost Map: The Story of London's Most Terrifying Epidemic and How it Changed Science, Cities, and the Modern World de Steven Johnson.

... Cities continue to be tremendous engines of wealth, innovation, and creativity, but in the 150 years that have passed since Snow and Whitehead watched the death carts make their rounds through Soho, they have become something else as well: engines of health. Two-thirds of women living in rural areas receive some kind of prenatal care, but in cities, the number is more than ninety percent. Nearly eighty percent of birth in cities take place in hospitals or other medical institutions, as opposed to thirty-five percent in countryside ...

... Cities are a force of environmental health as well. This may be the most surprising new credo of green politics, which has in the past largely associated itself with a back-to-nature ethos that was explicitly antiurban in its values. Dense urban environments may do away with nature altogether -there are many vibrantly healthy neighborhoods in Paris or Manhattan that lack even a single tree- but they also perform the crucial service of reducing mankind's environmental footprint...

... By far, the most significant environmental cause that cities support is simple population control. People have more babies in the country ... Economically, having more children makes sense in agrarian environments: more hands to help in the fields..."



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6 de agosto de 2008

Lo más emotivo que he leído en mucho días

Por varias razones, he buscado este texto desde hace varias semanas y por fin lo encontré. Es una carta que publicó Carlos Castillo Peraza en la revista Vuelta en 1994 y, si no recuerdo mal, se lo dedicó a Enrique Krauze. Independientemente de ello, el texto es muy bonito y se lo podemos dedicar a todas las abuelas que ocasionalmente leen este blog.

El texto se llama Las abuelas no se pierden.


Ellas son la voz mesurada de la historia, las músicas y las letras que nos muestran por qué misteriosos y complicados caminos llegamos a la sala de una casa acogedora, a un barrio que nos creó el primer sentido de pertenencia, a una mesa poblada de ciertas viandas y determinadas frutas, al universo de aromas que nos acompañará el resto de la vida. Ellas son los frascos de loción antigua, las conchas-nácar mezcladas con limón para mantener el cutis adolescente sin espinillas, los ritos reposados previos al dormir y el paso bien ritmado hacia el templo los días de las liturgias obligatorias y solemnes. Son también los guisos de la tribu familiar traducidos de libretas amarillentas en las que las recetas seculares se expresan en medidas incomprensibles para los nietos y en nombres de condimentos cuyos significados hay que ir a buscar al diccionario.

Las abuelas son los vestidos y los peinados de las fotos desgastadas por los años, los dedos, las risas y las lágrimas; las plegarias inolvidables, sencillas y arcaicas que resisten el oleaje de libros, universidades, escepticismos y racionalidades, son la mesa puesta como debe ser, el saludo que no se niega a nadie, la mirada que envuelve a los ojos. Por la abuela aprendí que vengo de donde se dice escarpa en lugar de acera, fustán y no mediofondo, sifa y no coladera, levántalo y no guárdalo, no me pienses en vez de “no te preocumpes por mí”.

Gracias a ellas los momentos inmediatos anteriores al sueño infantil se llenaban de canciones, y las tardes -a la hora de sacar los sillones para “tomar el fresco” viendo pasar las calesas- de relatos. Por ellas aprendimos de dónde venimos sin que a ese pasado hecho de gozos y sufrimientos, de normas, axiomas y consejas se le atara un futuro fatal. Ellas nos pusieron en la ruta, pero no nos trazaron el sendero. Las abuelas son los vestidos de lino y los abanicos de sándalo, el jabón de olor y la mano conducida al agua o la piedra transfiguradas por la fe y de regreso a la frente aún sin estrías.

Ellas nos enseñaron el recuerdo y a recordar, las frases sapienciales y las normas inviolables, el juicio y la comprensión, la tradición y el guiño, la dureza necesaria y la imprescindible ternura, los juegos sin juguetes, los versos del amor joven, los signos de la lluvia, el uso del tiempo en una época que pretende tener al tiempo de empleado, el ahorro y la generosidad, la diferencia entre la discreción y el secreto, la piedad y la compasión, el valor de la amistad y el sentido de la limosna, la riqueza de la tertulia y la inexistencia de la soledad.

Las abuelas son la miel de abeja, los vasos limpios, la urdimbre del frivolité, el sabor amable del dulce casero, el platillo confeccionado con lo que sobró de las comidas de la semana, todas las sillas en torno de la misma mesa, los varones adultos a los que no se les permite olvidar el beso, los parientes lejanos que se acercan en las cartas escritas con letra inglesa o en caracteres a veces indescifrables, los velorios y los duelos, las gratitudes ancestrales que sobreviven a las barbaridades inmediatas, los sobrinos ubicados en el sitio preciso del árbol genealógico, cada quien en su casa y Dios en la de todos.

¿Quién sabe en que rincón del planeta acabó deteniendo su nomadismo el hermano mayor de los primos segundos, con quién se casó, cuantos hijos tiene y cuándo fue la última vez que estuvo aquí? La abuela. ¿Quién recuerda los nombres de los testigos de la boda de la hija del socio perdido del tío abuelo, y si iban adecuadamente vestidos para la ceremonia? La abuela. ¿A quién se le pregunta si el apellido homónimo que salió en una esquela es realmente de alguien de la familia? A la abuela. ¿Quién recibe con entusiasmo al nieto cuando los papás quieren salir solos? La abuela. ¿Quién se queda sola cuando los jóvenes deciden disfrutar las cosas de su tiempo? La abuela. ¿Quién va dejando vacíos los estantes y los cofrecillos para gusto de las hijas, las nueras y las nietas, hasta que sólo lo quedan los aretes de su propio matrimonio y el anillo nupcial? La abuela. ¿Quién guarda en la cabeza el mapa íntegro de la diáspora?
Ella.

Los hijos perdemos a las abuelas cuando nuestros vástagos están a punto de darnos nietos. Entonces empezamos a construir la memoria que le entregaremos a éstos. Estará hecha con lo que ellas nos dieron, más que con lo que nos legaron nuestros padres. Por eso los nietos “abuelean” incluso en los hervores adolescentes que los mueven hacia el asesinato de los progenitores. Los papás morimos. Los abuelos no. Las abuelas nunca se pierden. Ser padre, en nuestros tiempos, es algo que se parece demasiado a una técnica o a una destreza que hay que adquirir -de maestros, locutores, páginas, conferencias, sicólogos, charlatanes, sacerdotes y otros medios-; es un modo de actuar. Ser abuelo o abuela es un modo de ser. De ser para siempre.


Beautiful!

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8 de noviembre de 2007

Yo, el Lápiz

Ocasionalmente me han preguntado que textos de economía podría recomendar para aquellos que no son economistas. Esto es un tema importante dado que frecuentemente los economistas utilizan términos técnicos complicados (o fórmulas matemáticas indescifrables) y así, poco a poco, se van aislando de un auditorio más amplio.

Por ello, a reserva de que opinen lo contrario, iré recomendando algunos textos claros y entendibles que les pueden ser útiles e interesantes a los no-economistas. Algunos de ellos, como el que les presento hoy, en mi opinión, enseñan más que algunas materias en la la licenciatura. De hecho, me he sorprendido de la gran cantidad de economistas licenciados (es decir, con título) que nunca conocieron este texto. Bueno, a lo mejor eso explica algunas de sus ideas y opiniones.

En fin.

Hoy les presento Yo, el Lápiz de Leonard E. Read. Es un texto que puedes encontrar en muchos sitios de internet y a través de cualquier buscador. De todas formas, aquí lo puedes consultar (hasta subrayado).

Si te interesa ver una explicación vía internet, IdeaChannel.TV está transmitiendo fragmentos de la serie Free to Choose de Milton Friedman. La narración de Yo, el Lápiz aparece en el primer volúmen titulado The Power of the Market. Este dato, via Disiento, luego existo.