19 de enero de 2011

Sobre la política comercial

Aquí las notas de mi comentario de radio en IMER en el programa que conduce Mario Campos. Las opiniones y errores son atribuibles exclusivamente a mi persona. El comentario se transmitió en vivo el martes 18 de enero a las 7:40 AM.


La semana pasada se presentó el Índice de Libertad Económica 2011. El índice busca medir los obstáculos a la actividad económica en más de 150 países. El estudio de libertad económica es uno de los instrumentos más completos para analizar y comparar más de 100 variables en todas estas economías. El índice global se correlaciona fuertemente con indicadores de bienestar como son el PIB per cápita, la esperanza de vida y el cuidado al medio ambiente, por mencionar tres.

Desafortunadamente, este año, nuestra calificación bajó del 68.3 al 67.8. Descendimos siete posiciones pasando del lugar 41 al 48. En las próximas participaciones, si la coyuntura lo permite, analizaré los principales componentes del índice y, de esta manera, presentar al auditorio, una radiografía de la economía mexicana. El día de hoy limitaré mis comentarios a la política comercial.

El estudio nos muestra que México tiene una política comercial con sus claroscuros. Por un lado, tenemos la mayor red de tratados comerciales en el mundo. Somos referencia global. Ningún país ha tenido la capacidad para abrir, vía documentos legales, tantos mercados. Esto muestra que México le da la bienvenida a la competencia y que, con todo y sus problemas, somos un destino atractivo de inversión.

¿Dónde está nuestro problema en materia comercial? Según el estudio, en las barreras no arancelarias. Desafortunadamente, las restricciones regulatorias y la escasa aplicación de la ley en materia de propiedad intelectual (por mencionar dos), son un lastre y no permiten al país aprovechar al máximo su red comercial. A diferencia de lo que muchos pensarían, en materia comercial todavía hay una enorme agenda pendiente.

Muchas veces se defiende la apertura porque, se dice, crea empleos. Este no es el mejor argumento. Es más, llevar la apertura a un tema laboral puede confundir. Si aceptamos la relación ‘exportaciones-empleo’, deberíamos aceptar también el binomio ‘importaciones-desempleo’ y esta asociación es errónea.

Desde una perspectiva parcial, es cierto que las exportaciones generan empleo en las empresas que las venden y las importaciones afectan a las empresas y sectores que no se modernizan. Pero si vemos a la economía en su conjunto, sucede algo distinto. Normalmente, cuando el país tiene superávit comercial, el índice de desempleo tiende a ser más alto; por el contrario, las épocas de bajo desempleo coinciden con los tiempos del déficit comercial. No hay, pues, una relación clara entre la política comercial y el empleo.

Entonces, ¿cuál es el argumento central? ¿Por qué es conveniente la apertura?

La apertura es deseable porque incrementa la competencia. El beneficio primordial de esta política pública es el aumento de la oferta de bienes y servicios disponible al consumidor.

La apertura comercial y la competencia son parte de una dinámica que nos lleva hacia un uso más productivo de los recursos. Cuando hay competencia, se generan los incentivos para que los productores produzcan bienes y servicios a precios relativamente más bajos y de mejor calidad. Ante el aumento de la competencia, difícilmente sobrevivirán los productores que no modernicen sus procesos y eleven sus estándares.

Ahora, quienes defendemos la apertura debemos reconocer que la dinámica competitiva puede generar adversidades en algunos sectores. En otras palabras, el aumento de la competencia si puede ocasionar pérdida de empleo en las empresas e industrias que se fueron añejando. Para quienes trabajan en estos sectores, la situación definitivamente es angustiante porque las causas de su desempleo están totalmente fuera de su control.

¿Qué hacer? La teoría dice que los trabajadores se reubicarán paulatinamente en los sectores más dinámicos. Se dice fácil, pero la realidad es más complicada. Mientras se hace el ajuste, habrá trabajadores desempleados y el responsable, al menos políticamente, será la competencia extranjera. Por ello, los defensores de la apertura deben también mostrar preocupación por los trabajadores cuyas habilidades se fueron haciendo inadecuadas e insuficientes para competir en un mundo globalizado. Cuando se defiende la apertura, también debe ponerse sobre la mesa, por ejemplo, los programas y esquemas de capacitación y educación continua para que los trabajadores puedan mejorar sus perspectivas y se mantengan empleados en sectores y economías más modernas.

Para concluir, regresando al índice de libertad económica, el estudio nos está diciendo que, con todo y los logros, con todo y nuestros tratados comerciales, hay tentaciones proteccionistas que están limitando la competencia a través de barreras no arancelarias. Ahí está el foco amarillo.

Limitar la competencia es contraproducente en el largo plazo. Las economías, tarde o temprano, se modernizan. Hay un ímpetu en la sociedad que exige el progreso y, en materia económica, éste descansa en la competencia. Si intentamos limitarla, retrasaremos el crecimiento y muy probablemente ocasionaremos eventualmente un daño mayor porque entonces el ajuste no solo será inevitable, sino drástico. Y, por lo general, esto más difícil de procesar.

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